Sábado 15 de enero de 2011

Son las 5:15 de la mañana. Me despierto en el baño intentando desactivar la alarma del celular. Finalmemente lo logro. Salgo y me visto en la sala en donde la noche anterior dejé lista mi ropa. A mi paso por la recámara veo que aún duermen plácidamente Myrna y Mateo, que para no variar, se despertó a las 2:30, justo una hora después de que yo me acostara, y su mamá lo pasó a la cama para dormir con nosotros.

A las 6:30 llega Jessi con media hora de retraso según la hora acordada para vernos y pasar por Arturo. Llegamos por él a las 6:45. Por Medellín cruzamos la Roma y nos dirigimos por el viaducto hacia Zaragoza para de ahí salir por la autopista de Puebla. Acabamos de dejar la ciudad cuando suena el teléfono de Arturo, es Germán, que el día anterior, a las 12:00 hrs., ya había llegado al lugar en donde levantó su campamento para pasar la noche. Le platica a Arturo un poco de su odisea y de lo maravilloso que fue el amanecer. La vista de los volcanes.

A los pocos minutos que Arturo termina su llamada con Germán, el tráfico se detiene y nos retrasa otros veinticinco. Una muerte estúpida, como las define Pedro Zubizarreta, pintor amigo mio para quien eventualmente trabajo. Un motociclista tirado en el suelo a unos treinta metros de su máquina, ya no hay nada que hacer, Pedro tiene razón, que forma tan estúpida de morir. Por mas que hagamos eso no depende de nosotros.

Hay tramos en donde la Eco Sport alcanza los 150 kmh. por la autopista que no parecen nada ante la majestuosidad de los volcanes que a penas se distinguen por la bruma. La idea de pararme y hacer unas fotos me seduce, pero la hora perdida que traemos me lo impide. Jessi y Arturo duermen.

Existen momentos en los que inevitablemente entro en contacto con mi padre, uno de ellos es cuando manejo en carretera. Intento ponerme en contacto también con mi abuelo materno, él y mi papá, de chavos habían sido excursionistas, de mi abuelo lo se por fotos y por fragmentos de crónicas que aún retiene mi mala memoria. De mi padre recuerdo algunas aventuras, además de las fotos que siempre estuvieron en las paredes de la casa, en particular un hermoso paisaje nevado del Izta. El que yo no hubiera tenido una experiencia de estas con ellos es en parte el motivo por el cual hoy me dirigo a la montaña.

A las 8:11 a.m. echo a andar el cronómetro de mi Cassio trás la obligada foto del recuerdo con Jessi a mi derecha y Arturo a mi izquierda. Emprendemos la caminata.

La vereda, en medio de un llano pequeño es agradable llena de hojas secas que crujen bajo mis pasos, ese sonido es uno que Myrna y yo disfrutamos mucho y sin embargo no nos damos ese placer muy seguido. Nunca. Cruzamos un marco de madera flanqueado por alambre de puas, parece que dice -aquí inicia el viaje-  Unos cuantos minutos adelante, al salir hacia una zona más amplia Arturo, nuestro líder y guía, duda y yo aprovecho para tomar la D80 y hacer unas fotos, cuando bajo la cámara no los veo hasta que Jessi sale de entre la maleza y me indica el camino.

Voy atrás de Jessi que sigue a Arturo por un sendero muy estrecho que asciende serpenteando, el piso es de arena suelta y cada tanto pareciera que hay escalones que además de subir hay que cuidar cada movimiento, tengo que ir abriendo paso con los brazos para hacer a un lado las ramas y procurar no tropezar por el sinuoso camino. Voy con la cabeza inclinada y eventualmente las ramas que suelta Jessi rebotan sobre la capucha de mi chamarra que coloqué sobre la gorra, el sonido que hacen al rozarme las varas con hojas es lo único que escucho, en realidad desde muchos metros atrás no hay sonido alguno.

Las piernas me empiezan a doler, no me sofoco pero el oxigeno me resulta insuficiente, empiezo a no creer lograrlo. Donalitos, contracción diminutiva de Don Alberto, mi abuelito, no me da ninguna pista. Mi papá sólo me acompaña. Trato de desechar las ideas de fracaso de mi cabeza pero son muy recurrentes, me invento una frase que me acompañe para no desistir “-si estoy vivo puedo- ojalá no se la pille Cornejo, ojalá si y le cobro derechos”. Quisiera reír pero no quiero malgastar mis fuerzas, en realidad no lo pienso, de hecho no pienso, sólo lo siento.

Veo que mi cronómetro llega a los 27 minutos cuando yo ya dí todo. Ni un paso mas. Jessi y Arturo ya se han adelantado. La pendiente no cede. La vereda, ahora con tierra mas compacta y menos estrecha se vuelve menos sofocante. Me paro unos minutos. Hago unas fotos. Recobro aire y fuerzas. Sigo. Adelante la vereda termina en un cruce de caminos mas amplios. Ahí me esperan, mientras les tomo unas fotos le comento a Arturo que encontré mi ritmo, veinte por cinco de descanso. El decide que es el momento de prender los radios y que yo vaya a mi paso. Le platico que finalmente vencí ese límite que el cuerpo y la mente me pusieron como prueba y que si, estoy madreado, pero que desistir no es opción.

Con el pretexto de detenerme eventualmente a tomar algunas fotos me voy parando ocasionalmente, recupero el aliento y las fuerza y continuo unos pasos mas y repito el ritual. Así, voy avanzando. Los paisajes esporádicamente me van sorprendiendo. El primero en sacudirme el alma es uno que al voltear hacia atrás y entre los árboles, veo lo que supongo es el pecho del Izta, nubes y abajo Llano Grande. Esa es mi primer encuentro con la majestuosidad de la zona. También me hago consciente de la altura que ya he subido, es una lástima que la bruma no devele la grandiosidad de los volcanes.

Con cada escena que me sorprendo, entiendo porque Kako, mi suegro, era tan apasionado de esta montaña, empiezo a comprender porque quiso quedarse aquí y le agradezco que lo hiciera, visitarlo hoy, me da la oportunidad de vivir esta experiencia. A él lo entregaron a estas tierras el 11 de noviembre pasado mi esposa, su madre y sus hermanos con sus respectivos clanes. Yo esperé junto con Laura mi cuñada y mamá de Jessi en Llano Grande cuidando a Mateo. Hoy quize venir a saludarlo y agradecerle, es mi manera de honrar al padre de mi esposa, al abuelo que mi hijo el mas pequeño apenas conoció. Te extraño.

En realidad no voy llevando a cabo mi plan maestro que decidí ya hace un par de horas, veinte por cinco, que por momentos en lugar de minutos parece que se trata de pasos, en fin, sigo subiendo con un ritmo muy anárquico, haciendo fotos, tomando aire, recuperando aliento y fuerza. Sentado en un árbol caído decido comunicarle a Arturo por el radio que me tomaré cinco minutos, él me comenta que están apenas unos minutos adelante y que ahí me esperan. Me siento en el tronco, le hago unas fotos, me recuesto en él y disparo hacia el cielo encuadrando las copas de unos árboles ralos en el resto del cuerpo y tupidos en su parte superior, así son casi todos. Me incorporo y con un poco mas de fuerza verifico el reloj, noto que aún me quedan dos minutos mas. Me recuesto otra vez.

En la cima de un risco, a lo lejos, veo a Jessi y Arturo que me esperan sentados, me detengo para hacerles unas fotos. Al bajar para tomar camino una vez mas él me comenta que mas adelante almorzaremos, una vez mas se alejan adelante de mi por el camino lleno de pasto y hierbas secas, ocasionalmente el camino es bloqueado por troncos caídos, leña y demás matorrales, algunos ya muy podridos otros con lama y otros tipos de moho, pretexto demás para empuñar la D80, imposible no llevarme esas texturas tan ricas, mundos y universos en si mismos, fascinantes.

El hambre aparece, saco de una de las bolsa de mi pantalón una barrita de trigo y fresa, todo un banquete de energía en ese momento, bienvenida. Las rocas y grava suelta empiezan a burlarse de mis pies ya de por si cansados y con indicios de ampollas, piedras mas grandes empiezan a llenar el paisaje que me precede hasta que finalmente lo que hay adelante es una pared de varios metros de altura con pilas y pilas de ellas, un risco. Empiezo a subir, con cierta fluidez al principio, por instantes es sumamente fácil, hasta que, dos metros adelante echo andar el ritual de tomar aire y fuerzas con el pretexto de tomar fotos. En un par de ocasiones creo llegar al final pero es sólo una manera de que el escenario te engaña para que no desfallescas antes de lograrlo.

La sonrisa de Germán me da la bienvenida, me anima y reconoce que lo hice en tres y media horas, treinta minutos menos que él. Logré llegar a donde se encuentra la placa en memoria de Kako que dejaron en el Telapón hace ya unos meses atrás. Ahí acampó Germán un día antes, subió cargando una mochila con veinticuatro kilos de trastes y yo con la mía de poco mas de tres llego con un dolor profundo en el muslo izquierdo, un músculo empieza a dar lata y los pies semi ampollados, no hago caso y como puedo busco un lugar en frente de Jessi y Arturo que ya se echan su lunch, me siento de frente a la cima. Ahí esta ya, unos metros más de piedra arriba.

Saco de un compartimento interior de mi Lowepro una Ziplock con un par de manzanas y dos sándwiches que me preparé la noche anterior bajo las precisas indicaciones de mi Princesa sobre lo que debería de llevar a la montaña. Las instrucciones incluían además una par de litros de agua, unas tablillas de chocolate y las maravillosas barras energéticas de Kellogs, más de la mitad del menú regresó intacto pero mas valía.

Al desenvolver uno de mis emparedados mal envueltos, recuerdo que al momento de mal envolverlos me preguntaba como lo hacía mi madre, de las tantas cosas que le admiro esa trivialidad me parece curiosa, como demonios lo hacía, cuando iba a la secundaria me preparaba unos deliciosos de huevo y siempre le quedaban perfectamente envueltos, el sandwich nunca estuvo apachurrado, como si una máquina los hubiera hecho, cada doblez era preciso y luego los guardaba en una de esas bolsas de papel enceradas que existieron antes de las tecnológicas Ziplock de hoy.

Mientras Germán presume sus implementos de campamento y nos hace una desmostración preparándose un café en tan sólo cinco minutos yo les tomo unas fotos, hago un par de la placa de Kako, del paisaje con unas dramáticas nubes que nos impiden ver el Izta que el Germancito, como le dice Mateo, logró fotografiar a las seis de la mañana que el cielo estaba despejado.

Mientras ellos colocan nuestras mochilas bajo un árbol les aviso que me adelanto para no no retrasarlos, en realidad el peso de mi mochila me pasa desapercibido, las piernas aún me pueden subir, la cima está ya ahí casi la puedo tocar, me empieza a recorrer el cuerpo una sensación de triunfo, sólo son 4,085 metros pero son mis pimeros 4,085 metros, nunca había imaginado algo así, este año cumplo cincuenta y jamás me lo había propuesto. Para ser sincero aún sin algún día haberlo imaginado ya lo daba por descartado, ni en sueños me ví jamás en lo mas alto de algo, de nada.

Finalmente ya veo la cabeza de la escultura del cristo que se encuentra en la cumbre junto con algunas otras cruces, unos veinte metros a mi derecha veo que Arturo también llega, algunos metros atrás lo siguen Jessi y Germán, cada uno haciendo su propio camino, aún me quedan fuerzas para subir las últimas piedras, ojalá aún queden algunas más porque todavía hay que bajarlas, todas. Al llegar a un costado del Cristo abrazo a Artuto, no lo puedo creer, estoy en la cima, en la cumbre, “Top of the world” dirían los melosos Carpenters de los setentas en la canción del mismo nombre que a mi princesa le gusta que le cante, aunque en realidad me siento más como “Fool on the hill” de los Beatles. “Just did it” con mis pinches New Balance le diría a Nike. -Hijos de la chingada, lo logré-, grito a manera de festejo antes de contemplar la maravillosa vista que me regala la naturaleza.

Están conmigo mi abuelo y mis padres, me sonríen. Abrazo a Pau, Juanjo y Mateo y les digo que si se puede, que lo que se porpongan lo lograrán, me abrazo a mi Tovarich, a mi Guandola, sólo un par de sobrenombres de los muchos que tenemos para llamarnos Myrna y yo, le agradezco. Me abandono unos minutos a la contemplación antes de tratar de robarle esas imágenes a Dios con mi Nikon y bajar en dos horas y media hasta el lugar en donde seis horas cuarenta y un minutos con cuarenta segundos antes, echara andar mi cronómetro justo al  emprender el ascenso.

Anuncios

  1. Gratisimo recuerdo y experiencia. La crónica no hace sino desear volver a ir. Las montañas nos esperan, a por ellas. ¡Abrazo! Arturo.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s