El coleccionista de etereidades o el émulo de Rembrandt

Iba a tirar la envoltura de su gansito cuando lo atrapó una imagen pequeña en el basurero, reconocía la cara de ese pintor, en tonos cobrizos, cuerpo de perfil y la mirada fija en quién portaba el pincel, el autor de ese óleo, él mismo. De inmediato sacó el sobre postal de la basura y con extrema cautela desprendió el timbre ya cancelado de la superficie a la que estaba adherido. Y no es que coleccionara sellos postales, no hasta ese día, la miniatura, que intuía inasible, de ese rostro con boina estaba llena de misterio, era como si la imagen, poco mas o menos monocroma, tuviera la posibilidad de escapársele por entre los dedos, como si el autor hubiera pintado ese autorretrato con humo, como si Rembrandt, en esos días, se sospechara etéreo.

El tiempo pasaba y no encontraba aquella singular agrupación de objetos de similares características que lo dejara satisfecho, lo que él atesoraba ya, era una colección de colecciones: portavasos de bares; piedras de demoliciones; latas vacías de cervezas de países comunistas, ceniceros de hoteles de paso y jabones de hoteles de lujo; menús de taquerías; los periódicos de su pueblo del primero de enero, 31 de diciembre y los del día de su cumpleaños de cada año; por supuesto la que lo obsesionó en este robatiempo, la de timbres postales. Había otras mas inverosímiles a las que tuvo que renunciar dado el tamaño de cada pieza, llegó a tener semáforos peatonales; marcos de hierro de puertas y ventanas; árboles caídos; hornos de panaderías; desechos industriales; y empezaba una con asientos de coches chocados en los que sus pasajeros hubieran perdido la vida, en fin…

Los bomberos nunca pudieron detectar lo que ocasionó aquel devastador incendio del que sólo quedaron las cenizas humeantes de aquella antigua casona del centro de la ciudad, nunca encontraron rastros de líquidos flamables ni de sustancias explosivas, el único dato curioso en su reporte hacía referencia a un loco personaje que con una cantidad, que no pudieron determinar, de frascos de vidrio, con los que intentaba capturar el humo y los vapores que despedía aquel siniestro, los llenaba uno tras otro con una vehemencia enloquecedora, sin hacer caso a las advertencias de los tragahumos, recorría aquel desastre sin descanso, abriendo y cerrando sus envases como quien trata de abastecerse de la mayor cantidad de agua para una larga sequía.

Algún vecino platicaría años después que lo había encontrado al norte de la ciudad en una zona despoblada, habitaba en una enorme bodega abandonada, con filas y filas de herrumbrosos anaqueles con entrepaños de madera podrida llenos de frascos con tapas oxidadas y de diferentes tamaños, grosores y colores, todos, aparentemente traslúcidos en los que difícilmente se reconocía su contenido. Él, el poseedor de los recipientes, le platicó que era su compilación de colecciones, volátiles todas ellas ahora, estaba casi completa le comentó, y que el día que lograra la perfección, el momento en que no faltara ningún elemento mas, cuando la última pieza de aquel lúgubre rompecabezas se colocara, sería cuando en uno de esos frascos, el más limpio, el mas transparente y vacío, en ese mismo, cuando a semejanza de ese autorretrato de Rembrandt, se depositara su propia humeante y cobriza etereidad.

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