Días de combate (fragmentos) Paco Ignacio Taibo II

—Soy… detective privado – y Héctor se sonrojó.
Carlos río suavemente. Era el hermano que había heredado el pelo rojo de mamá, y la conciencia social tradicional de la familia de papá. El hermano politizado y pecoso.
—Detective privado dedicado a cazar al estrangulador.
De repente a Héctor le cruzó en la cabeza la idea de habérselo inventado todo. De que el estrangulador no existía, de que él mismo no estaba muy afianzado sobre el planeta.
—Anda —dijo Carlos, y resopló. Héctor volvió a la vida. El espejo le había devuelto su propia imagen.
—¿No estarás ligado a la policía? —preguntó Carlos suspicaz, el ceño fruncido.
Carlos Brian Belascoarán Shayne, hermano menor en… ¿seis años? Tendría ahora 25, ¿no?
—Ni madres. Nada de eso.
-—Ah, vaya. Y ¿entonces para qué carajo quieres detener al estrangulador ese?
Héctor alzó los hombros.
En la bolsa de la camisa buscó un cigarrillo que nunca encontró.
Aceptó uno de los Del Prado de su hermano.
—Y tu mujer, ¿qué opina?
—Nos separamos.
—-¿Cuándo?
—Hace un mes, cuando dejé el trabajo en la General Electric.
—¿Qué?, eras capataz ahí, ¿no?
—Algo de eso. Ingeniero en tiempos y movimientos. Supervisión.
—Ah, qué la chingada —y sonríe.
-—¿Verdad?
—¿Y cómo anda la salud mental? -—y sonríe.
—No pues —y hunde la cabeza entre las manos
—¿Por qué no hablamos claro? Tú sabes qué pienso de todo eso —y la mano de Carlos recorre el mundo en un sencillo movimiento.
—¡Claro! ¿De qué? ¿Entenderías si te digo que estoy… que estoy muriendo al pie del cañón, que no tengo ni idea de a dónde me lleva todo esto?
—Sí, sí entendería.
—Que el estrangulador es un pretexto.
—Para ponerte a mano con tantos años de estarte haciendo pendejo. De rutinas y fraudes. De falta de tierra debajo de los pies, y sobra de refrigerador y coche nuevo en los sueños… Sí, entiendo.
Se hizo el silencio. Héctor pensó que no sabría cómo explicarle nada. Que no había palabras capaces de contar lo que estaba pasando. Que todo lo que había dicho Carlos era cierto, y sin embargo…
Carlos caminó al baño y orinó. El ruido del chorro chocando con el agua llegó claramente hasta los oídos de Hector.
—¿Andas armado? —preguntó Carlos.
Héctor asintió. Sacó la pistola y la pasó.
—¿Y tú? —preguntó de repente. Carlos negó y devolvió la pistola.
—No, aún no es el momento de los tiros. A no ser que cambie de sexo para sus víctimas —sonrió.
—¿Y por qué el estrangulador?
—Los motivos obvios —respondió Héctor.
—No. Supongo que no debes tener ninguno a mano. Tendrías que inventarlos, o apurar demasiado el subconsciente para sacártelos de la manga cerebral. Los buenos, los de a de veras.
—¿Te cuento cómo empezó?
Carlos afirma. Se reacomoda sobre la alfombra barata que recubre el sucio y jala un cojín para ponérselo bajo la cabeza. El humo que sale de su boca forma una densa columna que viaja hacia el techo.
—Salía del cine con Claudia, hace un par de meses. De la última función.
—¿Qué habías ido a ver?
—”El caso de Justin Playfair”, el cuate ese que termina convenciendo a todos de que es Sherlock Holmes. Pero no, no fue la película, fue algo más, aunque la película ayudó. Ya andaba en eso, en esa cosa rara que se mete dentro de tu propia cabeza como un palillo de dientes. Si hubiera ido a ver “Un hombre y una mujer” me pasaría lo mismo. Andaba enchinado, la música de Manzanero o los boleros o las canciones de Pedro Infante me llenaban los ojos de lágrimas y la cabeza de ideas raras. Estaba buscando un pretexto, nada era racional. Y salí del cine. No había comentado nada con Claudia, nada de nada.
—¿No te había preguntado?
—Sí, preguntaba lo mismo siempre, eso de: ¿Qué te pasa?
—Y tú contestabas invariablemente: “Nada, no me pasa nada, ¿qué me habría de pasar?”
—Exactamente… Y sa…
—Y saliste del cine.
—Y salí del cine. Un chavillo me vendió la Extra. Esa tarde el estrangulador había salido en los periódicos por primera vez. Y Claudia dijo que la película le había gustado mucho. Y yo dije que sí. Pero no comenté nada, y aquella noche me la pasé dando vueltas en la cama. Y así empezó. Tres días después nos separábamos y yo dejaba el trabajo.
—Puta, qué tango ha de haber armado el gerente de la planta, ahora que prometías volverte un buen cuadro industrial; y el ingeniero…
Héctor se calló. No tenía ganas de contarlo.
—¿Y tú qué piensas?
—¿Quieres que haga algo, que ayude en algo? —dijo Carlos.
—No, sólo que me digas lo que piensas. —Deja ver —y Carlos se hundió en la alfombra. Y se tocaba el mechón que caía sobre los ojos mientras fumaba.
—Yo siempre pensé que tú eras la vertiente conservadora de la herencia. Que tú habías cumplido la necesidad del stablishment de ganarse a uno de cada tres pequeños burgueses, matar al otro y dejar al otro aislado hasta que se rinda por hambre. Eso lo pensé siempre, y repartí los papeles: Tú eras el cuadro, Elisa terminaría en las mazmorras del sistema casada con un pendejo, derrotada por hastío, y yo, cadáver antes de los 33. Siempre pensé eso. Y ahora me vienes y me jodes el esquema. Parece que las reglas se hunden. Y te lo agradezco. No tienes idea, hermano, cuánto te lo agradezco.
Y volvió a fumar. Héctor lo miró fijamente. Una brizna de sol golpeó la mata pelirroja de Carlos Brian. Héctor le tendió la mano, la mano de Brian la tomó con fuerza.
—Ahora —y Carlos arrancó sorpresivamente— no esperes que concilie. Si te quieres matar, que quede claro. Porque lo que está pasando, es que te estás columpiando en el borde del sistema; como patinar descalzo sobre una gillette. Hasta da escalofrío. No te creas demasiado lo del estrangulador, lo de la cacería. Estás rompiendo con todo lo que había atrás. Estás jugando un juego en el borde del sistema, y no pienses que es otra cosa. Siento que esperas que el otro juegue también en el borde. Y que de una manera un tanto mágica has creado un asesino idealizado como tú. Fuera de las reglas del juego. Ten cuidado no te vayas a encontrar a alguno de los artífices del juego. Cuídate del Comandante de la Judicial, que en sus horas libres, las horas que le sobran de golpear estudiantes o torturar campesinos, no se dedique a estrangular mujeres. Cuídate del Presidente de la República, del dueño de la fábrica de enfrente. Quizá ellos estén también jugando en el borde de su sistema, del que han creado y sobre el que permanecen como perros dogos, zopilotes cuidando sus carroñas. Cuídate de los milagros, de los militares, del cielo, de los apóstoles. Y si lo encuentras, y si él está loco y mata por necesidades más allá de ti, de mí, de nosotros, mátalo. No lo entregues a la policía, que ellos están en otro juego. Es lo único que se me ocurre. Y cuando esto acabe, hablamos otra vez.

(…)

Octubre 13

El que escribe se debate entre dos explicaciones diferentes. Sabe que probablemente sólo escribe para sí mismo, o para la posteridad, que equivale a otra forma de escribir para sí mismo. Entiende que la acción sólo puede ser explicada por la acción, que el gran truco social se ha iniciado en las palabras, ha sido remendado por palabras, ha sido parchado y reconstruido por palabras, y, sin embargo, no puede evadirse de ellas.
El que escribe aprecia las condiciones de vida material a las que ha arribado, y al mismo tiempo las deplora. El que escribe arriba al asesinato como una nueva forma que incremente el número de las Bellas Artes reconocidas por los Vulgares y míseros seres que pueblan el planeta.
Este diario pretende entonces sublimar las experiencias de esos asesinatos, recoger la acción y liberarla de las prosaicas descripciones de la nota roja, elevarla a sus grandiosos momentos, explicarla, o más bien, redondearla. Ayudará a la imperfección del recuerdo.

Octubre 14

“¿Qué tenemos en común nosotros con el botón de rosa que tiembla porque ha caído en él una gota de rocío?”
El que escribe pasa la noche en vela. Vela las armas en el día previo al combate. Una vez que ha confirmado la decisión previamente elaborada, previa y amorosamente elabora en el último año de sinsabores y pesadillas. Una vez que ha decidido que el día de mañana se inicia el ciclo de las doce muertes, nada puede afectarlo, detenerlo.
Es la espera la que turba.
La certeza define. No hay miedo al acto en sí, sino a los entretelones. El que escribe sólo tiene miedo de sí mismo.
La secretaria de Bucareli le ha dicho: “Se ve usted muy tranquilo hoy, señor”. Y él se ha limitado a sonreír.
Para hacer más graciosa la paradoja pensó durante un momento en esperarla en la esquina y darle el honor de iniciar con ella el ritual.
Sin embargo, decidió que los planes originales no deberían ser alterados por un capricho que podría poner en peligro el conjunto.

Octubre 15

Ya está. Quedó en las manos como una gallina cuyo soplo vital fuera truncado por la tempestad.
No puedo escribir. Siento la sangre entre los dedos, tengo miedo de manchar las hojas. Vago por la casa como alma en pena. Me debato entre sensaciones contradictorias que no puedo explicar.
Hoy he escrito con sangre:
“De todo lo escrito sólo aprecio lo que uno ha escrito con su sangre. ¡Escribe con sangre!”

Octubre 16

El que escribe ha logrado apaciguar los demonios que la acción había desatado. Siguió sus rutinas como acostumbra. Se levantó temprano, se contempló en los espejos. Escuchó música en el salón mientras desayunaba. Estaba firme, potente. Cual si hubiera sido inyectado de vida por la vida arrebatada. Encontró un gran placer en controlar sus actos, en simular que todo seguía igual. Habló con el mayordomo como de costumbre. Utilizó el mismo tiempo en vestirse, en dirigir el coche hasta la oficina. 21 minutos exactamente. Trabajó dentro de las normas de su vida cotidiana. Ni siquiera se apresuró para comprar el periódico. Lo hizo mientras iba de una oficina a la otra. Magistral actuación. El que escribe narrará aquí su obra: A las siete tomó el coche y se dirigió hacia los barrios obreros del norte de la Ciudad. Había optado por crearse un disfraz. Más interior que exterior. ¿Cómo decirlo? Más surgido de la caracterización interna, y sólo apoyado por algunos datos exteriores. Entró a un cine en Insurgentes Norte y en el baño cambió de estampa. Nunca supo qué película ponían. Pero recuerda los diálogos en francés que hablaban de amores imposibles. Salió del cine y se internó en la Industrial Vallejo. A pie.
Caminó buscando la víctima propicia. Siguió discretamente a varias mujeres que obstaculizaron su labor al entrar en vecindades, o al caminar por calles concurridas. Cuando maldecía una de aquellas intentonas frustradas, una muchachita gris, con un rompevientos azul y una falda ceñida apareció.
Entró a una panadería, salió con una bolsa de pan zarandeando en la mano. Nunca miró hacia atrás. (No sé si esta primera vez hubiera podido soportar su mirada.) Cruzó un baldío. Y ahí, acelerando el paso la detuve tomándola del cuello. Con el brazo izquierdo. Mi mano derecha se cerró sobre su garganta y apretó. Se debatía, golpeaba con sus pies y sus piernas mi cuerpo. Sólo apreté y apreté hasta que sentí que estaba muerta y la dejé caer.
Resultó excesivamente fácil. Algo decepcionante. Pero sin embargo tuve miedo. No mientras la estrangulaba. Después, cuando el cuerpo estaba caído a mis pies y no sabía si huir o contemplarla. Porque el cuerpo muerto, desvencijado ante mis plantas me atraía como un imán al hierro dulce. No podía apartar mis ojos de las dos piernas dislocadas en el terreno, mezcladas con polvo, yerbas y cascajo. La bolsa del pan había quedado abierta y los panes tirados. Dejé la primera nota.
Huí corriendo. Nuevamente en el cine pude reposar. Oriné copiosamente.
Cruzó por mi cabeza la idea de masturbarme. ¿Por qué negarlo? Pero quiero darle a todo esto un contenido directo, puro.
Ya en el coche, regresé al lugar. Ridículo concepto inexplicable:
El asesino regresa al lugar del crimen. El baldío estaba invadido de mirones, los coches frenaban y observaban conductores. Hice como ellos. Yo era otro. El observador. El verdugo había quedado en el baño de aquel cine donde ponían una película francesa.
El que escribe mira sus manos. Las huellas no están a están en el espíritu.
En la noche escuché un Aleluya de Haendel: grandioso. El que esa muchachita haya producido este enorme holocausto.
Devolver a la vida grandilocuencia. Basta de arrastrarse en el limo.
El que escribe anota su máxima en este cuaderno: “El hombre ansiaba sangre, no botín. ¡Ansiaba el hombre la ebriedad de matar!”

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