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Fugacidades carreteras

(A la memoria de Rodolfo)

Salir a las 4:15 a.m. del crucero de Insurgentes y Río Mixcoac nos garantizaba alcanzar la caseta de cobro de la carretera a Puebla antes de las 5:00 a.m. y no correr riesgo ya que ese día la Suburban de Last Lap no circulaba. Finalmente no volvería a circular. Con más prudencia que velocidad, manejaba Rodolfo a la vez que me platicaba como iban formándose sus gajes en este oficio de la chofereada, trabajo que tenía poco de experimentar, para su mala fortuna. El amanecer nos alcanzó pasando Puebla, cerca de las Cumbres de Maltrata y con los primeros destellos mi cabeza empezó a capturar imagen tras imagen. Me sacudí la modorra de los ojos, finalmente estarían por cumplir veinticuatro horas sin cerrarse, suficientes parpadeos y unos cuantos cabezazos fue todo lo que obtuve por descanso esa madrugada. Tomé mi iPhone y dejé de hacer imágenes latentes en mi corteza cerebral, para convertirlas en virtuales gracias a los artífices de la tecnología. Bendita tecnología. Parabrisas sucio, reflejos en las ventanas, cadáveres de insectos voladores esparcidos anárquicamente sobre la superficie del vidrio no dejan espacio suficiente para hacer una iPhoneografía limpia -que más da, luego las photoshopeo-

Fugacidades carreteras atrapadas al vuelo.

A partir de este momento y por los siguientes diez días esta sería mi cotidianidad, pasar del iPhone a la D80 o a la D100, recorrer de Veracruz a Zacatecas capturando paisajes carreteros, desde el pavimento mismo o desde estrechas veredas aledañas y procurar siempre, en el punto áureo del objetivo, un coche, poco complicado cuando este pasa lo más rápido que la combinación de HP (caballos de fuerza) de su máquina, pericia del conductor y trazado del asfalto le permiten.

Perseguir a los locos apasionados que corren La Carrera Panamericana por un buen trecho de este país, sólo me convierte en uno más de ellos, con la diferencia de que además de la pasión por esas máquinas que devoran kilómetros de asfalto, ser fanático de la imagen, motivo por el cual estoy en esta odisea, me hace cargar otras herramientas, que esos kilómetros de carreteras, coches, pilotos, paisajes, ciudades, montañas, lagos y demás oro e hidrografía que nos encontramos en el camino, registran en forma de pixeles llenos de bytes con la información precisa para reproducir visualmente en el monitor de mi Mac Book imágenes con las formas y colores exactos.

Participar en La Pana, correrla de alguna u otra manera, además de mantenerme en contacto espiritual con mi padre, me permite dar cuenta una vez más de la grandiosidad de este país, de lo cálido y auténtico de su gente, igualmente me deja la certeza de que hay que recorrerlo sin prisa así como con pasión.

(Fotografías tomadas con un iPhone 4)

 

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