Demencia

Texto: Magalli Urquieta

Imágenes: Eugenio Robleda

 

 

29

 

Un escalón abajo de la cordura me quedé esperando a que regresaras. Un escalón arriba de la locura me quedé aguardando a que el teléfono sonara para escuchar tu voz.

 

Durante meses me gobernó la demencia, era imposible estabilizar el corazón. Nunca imaginé cuánto duele el abandono, la sensación de bajar los brazos y rendirme ante ti, no fue ni la mitad de dolorosa que sucumbir ante el carácter que algún día pensé tener. Las batallas eran constantes, por un lado la mente insistía en reflejar nuestra historia como una película sin cortes, por otro lado la hipotermia de mi piel te reclamaba cada noche. Así pasaron los días que se convirtieron en meses y mi tristeza empezó a resquebrajarse. El hastío de mi fragilidad me obligaba a regresar al ritmo normal, esta última pausa en mi vida había sido larga y sus efectos causaron atrofia muscular.

 

Necesitaba respirar de nuevo era indispensable extender las alas en rehabilitación. Lo único que podía hacer era prepararme para una readaptación gradual, no tenía muy claro por dónde empezar hasta que como un regalo de la sincronía ellos aparecieron y me daban el pretexto perfecto para mostrarme al exterior una vez más. El teléfono sonó y escuché la voz de Myrna: -Ocho de la noche este sábado. No traigas nada tenemos lo necesario para pasarla bien-. He de confesar que me daba un gusto inmenso volver a ver a dos de mis mejores amigos, era estimulante convivir con una pareja que se aferraba a encontrar todas las connotaciones de la palabra amor. La semana pasó lenta pero el día de la cita llegó. Me detuve en la puerta, toqué un par de veces y después de unos segundos una lluvia de besos cayó sobre mi cara. La noche fue perfecta, la conversación intensa y el vino tinto volvió verano mi aliento. De nuevo me sentí relajada mi mente se concentraba en hilar ideas que transgredían la rutina de sólo pensar en él. Nos reímos tanto y de tantas formas que me enriquecí.

 

Todos teníamos diferentes motivos para brindar. Yo resucitaba, Myrna había descubierto que la docencia era la pasión que estimulaba a su mente y Eugenio se comprometía con un proyecto que se debía a sí mismo tiempo atrás. La costumbre de decir “salud” tomó su justa dimensión, me parecían claros los motivos por los que celebrábamos pero una mirada de complicidad entre los anfitriones me hizo sospechar que existía algo más. Pregunté qué sucedía y ella inició la petición: -Eugenio quiere que le ayudes con su proyecto- sin pensarlo dije sí, ella replicó –Piénsalo bien antes de aceptar, lo que queremos no es tan sencillo-.

 

 

Tanto misterio alimentó mi curiosidad ¿qué podría ser? Hemos estado juntos en diferentes momentos y nunca habíamos cuestionado la naturaleza de la ayuda. Él se hundió en el respaldo del sillón, dio un golpe al cigarro que tenía entre los dedos y con una gran sonrisa exclamó –Quiero montar una exposición con fotos de cuerpos desnudos, no quiero modelos profesionales necesito captar la belleza de la imperfección. Le he pedido a varios de mis amigos y familiares que posen para mí-. Mi atención estaba concentrada en la emoción con la que Eugenio describía el plan. Myrna resaltó un detalle que podría persuadirme:

–Nadie más que él y yo sabremos quiénes posarán porque usarán máscaras- el tema del anonimato me dejó un poco más tranquila pero la verdad es que nunca había posado desnuda para nadie, bueno, no en términos estrictamente profesionales. Mi cara de asombro ganó el permiso de tener tiempo para considerar la propuesta, me dieron una semana de plazo. Mientras tanto el vino tinto seguía corriendo por nuestras venas.

 

Los días posteriores a nuestro encuentro pensé y pensé en la propuesta de Eugenio. Repasé el tema desde diferentes puntos de vista ¿Qué mejor manera de inmortalizar mis cuerpo a los 28 años? ¿Qué tan congruente podría ser mi pensamiento liberal contra un acto de descubrirme sin prejuicios? ¿Tenía el valor para decirle “no” a mis amigos? ¿Podría considerar este acto como parte de mi hedonismo? Antes de que la conciencia se apoderara de mis actos llamé a casa de Eugenio y le dije que aceptaba; dejé claro que necesitaba un par de cosas para armarme de valor: una botella de vino y mota para relajar el pudor. Me citó para el fin de semana que se acercaba, parte de su casa se convertiría en un estudio fotográfico. Todo estaba listo.

 

Honestamente los nervios empezaron a dominarme desde el instante en que dije “sí” posarse frente a alguien desnudo es un acto de vulnerabilidad, recordé que un par de veces soñé caminar sin ropa entre extraños, recorría las calles con vergüenza, algunos ojos me escudriñaban, otros parecían inmunes a mi condición. Lo único que tenía claro era que la sensación no fue del todo grata. La confianza que existía entre Eugenio, Myrna y yo era absoluta. Las pláticas siempre han sido abiertas, sin eufemismos, sin actitudes moralinas que dan luz verde a la expresión de cualquier idea o sentimiento. Intercambiar opiniones congruentes siempre ha sido un placer, podría decirse que más de una vez nos mostramos partes tan íntimas como el alma ¿por qué ahora me causaba conflicto enseñarles la piel? No lo supe hasta que tuve frente a mí grandes mantas de color negro que forraban una pared, dos lámparas que emitían una luz intensa, una cámara fotográfica con diferentes lentes que descansaba sobre una silla y una fila de máscaras hechas con diversos materiales que esperaban el momento para intervenir en la sesión.

 

Conforme a la petición, Myrna me entregó una botella de vino y un churrito listo para fumarse. Por un momento mi atención se apartó del montaje que me esperaba, nos sentamos en la sala a platicar sobre cómo funcionaría todo y ella me dijo que para que nos sintiéramos libres prefería quedarse en su recámara y dejarnos solos. Después de unos minutos de participar en la conversación, mientras me preparaba, se despidió y nos quedamos él y yo. La vi dirigirse a la habitación con pasos lentos, la resequedad en mi boca, la sensibilidad en la yema de mis dedos y un agradable cosquilleo en todo el cuerpo eran las señales que me indicaban que estaba lista. Sentí los músculos lánguidos, tanto, que facilitaron que la ropa resbalara hasta el piso.

 

Sin darle demasiada importancia a mi desnudez me dirigí a escoger la mascara que protegería la identidad de los que participábamos en este experimento. Diferentes cuerpos sin una cara atada a un nombre, a un concepto a veces falso. Seleccioné un rostro pálido, lo adopté y después de algunas respiraciones entendí que debía ser paciente con el calor que se acumulaba entre el plástico y mi piel. Cautelosa me acerqué hacia Eugenio que se aseguraba de que la cámara estuviera lista para disparar, sin mirarme dijo: -Párate al centro y quédate ahí, necesito probar si la iluminación es la adecuada para ti-. Las lámparas difundían un resplandor tan intenso que era difícil concentrar mi vista en un punto. Tampoco tenía dominio sobre la posición en la que debía dejar mi cuerpo, estaba a merced de las órdenes del fotógrafo. Me sentía incómoda no sabía si cruzarme de brazos y así cubrir un poco mis senos, o sentarme en cuclillas para enconcharme como caracol, no tenía idea de qué hacer conmigo hasta que la voz de Eugenio se impuso: –Siéntate aquí y extiende los brazos hacia arriba-, obedecí al instante y a la siguiente instrucción, un par más hasta que sin darme cuenta empecé a proponer; tiempo después el cuerpo se rebeló e inició una danza de movimientos libres que sólo tenían como fin mostrar su belleza en plenitud.

 

Olvidar todas las imperfecciones físicas que socialmente no son atractivas es el mejor antídoto para la vejez y la insatisfacción. Dejé de poner atención en las estrías, pasé por alto las dimensiones de mi cadera y sólo acepté la perfección de ser joven. Eugenio y yo logramos una conexión sin precedentes, agotamos la visión de la cámara y después de un par de horas de trabajo tuve la opción de cubrirme de nuevo. Llegué a sentirme tan cómoda que estuve tentada a seguir desnuda pero era hora de regresar a casa.

 

 

Esa noche dormí sin pensar en él. Me fui a la cama con el ego enchido. Los siguientes días fueron de reconocimiento, mi memoria sacó a la luz los diferentes talentos de supervivencia que poseía. Volví a sentirme dueña del cuerpo que habitaba, puse a trabajar la mente con tres proyectos simultáneos y poco a poco recobré la calma que había perdido. El tren de vida regresaba a las vías conocidas hasta que el teléfono sonó de nuevo. Eugenio llamaba para invitarme a la inauguración de la exposición. Una vez más percibí algo extraño en su tono de voz: –Será este viernes en un restaurante cubano que adaptaremos como galería. Asistirán invitados de todo tipo, para empezar, los que posaron para las fotos, familia, amigos que hace tiempo no veo y gente que pueda comprar más de una obra-; emocionada pregunté -¿Y cómo conseguiste ese lugar?- él lo revivió de nuevo –Es que no fui yo, fue César-. Comprobé que mi pasajero bienestar era una ilusión ¿Cómo era posible que el simple hecho de escuchar su nombre me hacía enmudecer? Eugenio reaccionó de inmediato –La dueña es su amiga y me dijo que prestaba el lugar sin problema. Pero no te preocupes, llegará tarde como siempre, te lo encontrarás sólo si tú quieres-. Me invadió el silencio por instantes después intenté ser madura y congruente con mis 28 años –No te preocupes algún día me lo tenía que topar de nuevo-. Menos de treinta palabras salieron de su boca para darme el tiro de gracia: –Tienes que saber algo más. Si te lo llegas a encontrar no irá solo. Lo acompaña su novia-. Mi estabilidad mental se derrumbó con un pequeño movimiento telúrico. Estaba lejos de sentir un terremoto y mi edificio de ideas positivas se había colapsado. La decisión más sana para mi maquillado bienestar era obvia: no asistir a la presentación. Pero ¿qué haría con la curiosidad que me desafiaba? ¿por qué quería conocer a la mujer que estaba con él? No tenía idea que tuviera un lado masoquista tan desarrollado y sometido. Mi ego herido estaba dispuesto a regresar al piso si descubría en César, esa mirada que sólo utilizaba con las mujeres de las que se enamoraba. Por otro lado, la situación me concedía el derecho de ser la víctima y en algún momento lograr que él sintiera culpa por abandonarme. Con suerte lograría abrirle un poco las heridas y sin lugar a dudas buscaría el limón más ácido para derramarle gotas en la piel. Pero qué clase de ser tan contradictorio me encarnaba. Quería que viera mis fotos, deseaba con todo el corazón que reconociera el cuerpo que alguna vez estudió con tanta calma, suplicaba a todos los dioses que una vez asimilada la fotografía en su mente, me admirara y se arrepintiera de estar con otra mujer. La única conclusión que saqué de todo fue que reduciría mis horas frente al televisor y asistiría a la exposición sin dramas.

 

Basta que edite una película en mi cabeza para que todo lo que imagine resulte opuesto en la realidad. La estrategia sería “no pensar” “no desear”, estaba cada vez más perdida en una serie de auto convencimientos filosóficos que alentarían mi frugal entusiasmo. El día de la exposición pasé gran parte de la mañana planeando qué ropa sería la adecuada para mi aparición. Pensé quién sería un buen acompañante y después de repasar una lista de posibles candidatos decidí (en honor a mi masoquismo) ir sola. Analizándolo bien el escenario tampoco sería tan fatal, muchos de los asistentes eran mis conocidos, algunos amigos y en teoría, sólo estaría un par de horas para evitar un encuentro desafortunado con el hombre que me hacía delirar.

 

La invitación sugería llegar a partir de las 8:30 pm, me aparecí una hora después. Una casa enorme estilo californiana abría sus puertas y ventanas para dejar escapar notas con ritmos cubanos e introducir al mundo de las imágenes a quien se dejara seducir. Subí los primeros escalones que me pondrían en la entrada principal y mi sorpresa fue inconetible cuando la fotografía que daba la bienvenida a la exposición era la de una mujer delgada sentada de espalda. Su piel morena reflejaba los diferentes tonos con los que estaba diseñada. El surco de piel que cubre la columna marcaba una línea recta que terminaba en una nalga desdibujada. No podía dejar de mirar esa imagen. Era imposible reconocerme desde una vista externa, parecía otra persona. Estaba criticándome cuando alguien se detuvo detrás de mí, me tomó de la mano y me dijo: -¿Te gustó cómo quedaste? Ésta me latió para que fuera la primera de la exposición- no tuve más tino que girar sobre mis pies, abrazar a Eugenio y darle las gracias por dejarme ser parte de su experimento. Me dijo que Myrna y otros amigos estaban en el último piso de la casa, que me dejaba ver las fotografías a mi ritmo y que me esperaba con una copa de vino para brindar.

 

Avancé por un gran pasillo iluminado con luz cálida, las paredes verde olivo contrastaban con el piso de madera vieja, eran el marco perfecto para la obra de mi amigo. La maravilla del cuerpo humano es tan simple como permitir que la ropa caiga y muestre su lado natural e indómito. Las imágenes mostraban figuras masculinas, femeninas, líneas rectas, curvas pronunciadas, pieles de casi todos los tonos, músculos en forma, músculos flácidos. Las fotografías retrataban la juventud, la vejez, la satisfacción de ser, el orgullo de mostrarse, la fragilidad humana. Era imposible reconocer la identidad de los modelos, era inevitable tratar de buscarlos entre los invitados. Más de una vez estuve tentada a preguntarle a Eugenio quiénes habíamos participado, yo quería nombres; pero al mismo tiempo el juego de quedarme con la duda y conservar una fotografía de alguien que conocía sin saberlo, me cautivaba. Me topé conmigo en más de una ocasión. Me vi de frente, de perfil y me percaté del buen trabajo que hice al esconder los tatuajes que podrían delatarme. Sólo Eugenio, Myrna y alguien que conocía todos mis recovecos podrían identificarme. La exposición era tan rica que olvidé que en cualquier momento podía llegar mi némesis, así es que me dirigí al último piso del restaurante – galería y los brazos de Myrna me recibieron. Era emocionante ver todas las paredes del lugar llenas de fotografías, durante mi recorrido noté que algunas personas negociaban con Eugenio y aunque el objetivo principal era vender, el hecho de mostrar su obra a tantos espectadores era gratificante.

 

El murmullo de las voces, la música cubana y el choque de las copas, creaban un ambiente tan grato que cada hora que transcurría era más difícil caminar entre la gente. Eugenio no paraba de sonreír, hace tiempo que no lo veía tan contento. Todos festejábamos a la par, brindábamos a la menor provocación y reíamos sin mesura. Olvidé que debía estar alerta me sentí tan cómoda conversando con varios amigos que bajé la guardia. No sé cuánto bebí sólo tenía claro que mi cuerpo hervía. Bajé las escaleras buscando el baño cuando escuché su voz. Me detuve en el último escalón antes de llegar a la sala más grande, un paso más y volveríamos a encontrarnos. Estaba pensando qué hacer cuando un mesero me insinuó que estorbaba, me hice a un lado y un grupo de personas se acumularon en el descanso. Huí a paso rápido hacia la puerta que decía “Mujeres” entré directo al escusado y cerré la puerta. Cómo hubiera deseado que ese pequeño cubículo se convirtiera en una nave que bloqueara compuertas y despegara con dirección a mi casa. No quería salir no podía exponerme a descubrir si venía acompañado ¿dónde estaba el líquido que salía en las caricaturas para volverme invisible? Para ser congruente con mi inconsistencia decidí propinarme dos cachetadas, recobrar la postura y salir con la cabeza en alto; todavía me quedaba un poco de dignidad para lucir.

 

Qué te importa que te ame si tú no me quieres ya. El amor que ya ha pasado no se debe recordar. Fui la ilusión de tu vida un día lejano ya, hoy represento el pasado, no me puedo conformar…” La voz de Omara Portuondo sonaba como una señal del destino que da cátedras de lo que es la precisión combinada con la ironía. Mi atención se distribuía hacia todas direcciones y como debe ser, el punto que descuidé fue el que detonó que nos topáramos. El ir y venir de las personas sólo nos permitía hacer contacto visual de manera intermitente, no podía dejar de buscar sus ojos.

 

Entre los espacios libres que dejaban los invitados vi su mano que estaba enlazada a una más pequeña. Sentí un dolor en el estómago que corría directo al corazón. Mi única solución era regresar al segundo piso de la casa donde estaba mi zona de seguridad momentánea. Él no dejó de mirarme, lo sentía, estaba perdida cuando Eugenio me rescató, me tomó del brazo y caminó a mi lado. –¡Ya me compraron dos fotografías! Quita esa cara parece que viste al diablo. Si te sirve de consuelo ella está igual o peor de enloquecida que tú. No para de hacer preguntas sobre tu presencia, no sabe cómo eres, así que cualquier mujer que se acerca a saludar a César puedes ser tú-. No pude verla de frente sólo me percaté que su estatura era similar a la mía, sabía que era más joven que yo por dos años y tenía claro que me alucinaba. César se había encargado de crear un halo de misterio alrededor de nuestra relación y más, de nuestra ruptura. Fingía extrañarme, mi hipótesis era que como buen estratega de ajedrez, él tensaría su nueva relación con una pizca de incertidumbre.

 

Fue muy difícil concentrarme en las conversaciones que provocaban mis compañeros de mesa, hasta que una llamó mi atención –Mi hermano es médico y está estrenando su consultorio. Le compré esta fotografía-. Mostró la imagen de una mujer voluptuosa envuelta en un rebozo. El cuerpo parecía tener unos cuarenta y tantos años, una vieja cicatriz en el vientre indicaba que había sido madre. Su piel parecía de seda el cuadro entero era hermoso. Me distraje haciéndole preguntas sobre el resto de la exposición, brindé de nuevo con mis amigos y después de un rato decidí que era momento de volver a casa. Me despedí sin dar explicaciones y salí del lugar con la vista siempre hacia el frente. Faltaban unos cuantos metros para llegar a la salida cuando lo vi sentado en una de las mesas principales. Compartía la cena con varias personas, no investigué más, no quise determe a conocer sus identidades sólo quería escapar.

 

Pasaron varias semanas después de la exposición para que Eugenio, Myrna y yo tuviéramos otro encuentro. De nuevo ella me llamó, de nuevo me citó en su casa y al vernos nos abrazamos como si nuestra ausencia hubiera sido muy larga. La escena se repetía: la sala estaba alumbrada por una luz tenue, vino, cigarros y buenas noticias. Le pregunté a Eugenio cuáles habían sido los resultados de su experimento me respondió que no fueron tan contundentes como él esperaba, pero que varias personas habían comprado sus fotografías. Las figuras misteriosas que protagonizaban su proyecto descansaban en diferentes paredes. Algunas decoraban consultorios médicos, otras, estudios de pintores, algunas más fueron adoptadas por colegas fotógrafos que las añadían a su colección y las que tuvieron más suerte terminaron en las habitaciones de algunos enamorados. Sin tener idea de mi identidad la novia de César había elegido una de las fotografías que me inmortalizaban sentada en una silla de madera, con las piernas cruzadas y mirada directa a quien me observara. Le pidió que comprara un par de obras para adornar la casa que ya compartían y decidió que yo podría tener un nuevo hogar en su habitación. Una débil y velada venganza le inyectaba vitaminas a mi ego porque él sí sabía a quien estaba invitando de manera indirecta a ser testigo de su vida. Así compartimos más que un espacio, él y yo entre el olvido de nuestra historia y una tercera persona a la que intentábamos amar.

 

 

mug2008

 

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