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Oaxaca, descubriendo rincones

Es un día de esos que no concibes que sea el fin de mes, ya que es 28 y aún tu mente se sigue adecuando al nuevo año, incluso en febrero. Me llama Lourdes Jiménez para informarme que saldríamos en dos o tres días hacia Oaxaca. Habría que elaborar una campaña para medios en pro de la ciudad que ha quedado lastimada económica, física y anímicamente por los disturbios provocados por la APPO, en su intento de varios meses por destituir a Ulises Ruiz, el gobernador del estado, a quien lo acusan de malversación de fondos y otros delitos.

Era una de las mejores noticias que recibía en meses, no sólo por la importancia del proyecto, además, finalmente, conocería Oaxaca y de la mejor manera, escudriñando sus emblemáticos rincones. En esta ocasión iría en calidad de fotógrafo. He trabajado para Lourdes y Fernando Huerta, propietarios de una agencia de Marketing y Publicidad, por mas de veinte años. Durante ese tiempo siempre realicé la imagen gráfica de los proyectos en los que, mis también amigos, me invitaban a colaborar, esta era mi primera oportunidad atrás de una cámara trabajando para ellos.

Se realizarían un par de videos para televisión y salas de cine. Además de una serie de inserciones en medios impresos mostrando la gente, la ciudad, sus tradiciones y artesanías. Estas imágenes para revistas y periódicos serían mi responsabilidad. Así que me dediqué desde que recibí esa llamada, a preparar mi equipo fotográfico tratando de prever que sería lo indispensable a partir de las instrucciones que se me dieron para esta asignación. A la mochila fueron a dar pilas, cargadores, flashes, un par de lentes, tarjetas de memoria, algunos cables, un tripie y un par de reflectores que colgué por fuera y por supuesto, un par de cámaras.

Llegamos muy temprano el tres de marzo a Oaxaca, tras recuperar las maletas y el equipo en el aeropuerto nos dirigimos junto con mis amigos y el staff de video, en un par de Suburbans, hacia un hotel en la esquina que forman las calles de Hidalgo y Reforma, un par de cuadras al este del centro histórico. Era mi segunda ocasión en esta ciudad, la primera vez que estuve ahí fue en un viaje de la universidad, más de veinte años atrás. Ahora vagamente la recordaba, tenía una extraña sensación, como si nunca antes la hubiera visitado.

Como sucede en muchas de las ciudades que conozco de mi país, fuera del centro histórico de cada una, bien podría confundirla con Cuautitlán, como dice el famoso refrán. Ya en el centro, cada una posee ese sello que la hace única. Su gente, su arquitectura, su comida, su artesanía y su anárquico trazado urbano. En este caso, las cuadras principales del centro de Oaxaca tienen un transitable e imperdible trazo ortogonal, sus calles, en su mayoría, son perpendiculares por varias cuadras.

Tras instalarnos en el hotel, nos dirigimos hacia la plaza principal en donde ya nos estarían esperando los representantes del gobierno local junto con los actores de los videos. Me pidieron que hiciera unas cuantas tomas del making of y que aprovechara a algunos de los personajes para hacerles unos retratos. Así que me puse a trabajar de inmediato con una hermosa niña morena de unos doce años, con rasgos característicos de las etnias locales, cubierta por un colorido vestido regional y sosteniendo unas flores con las manos.

Después de un par de horas disparando en la locación, me colgué a la espalda la mochila con mi equipo, empuñé una D100 y me dirigí hacia el norte por la calle de García Vigil, que sale justo del zócalo, con la misión de captar ventanas, portones, columnas, balcones y lo que atrapara mi mirada. Así pues en lugar de la Nikon, parecía que mi instrumento de trabajo era una ametralladora. Difícil no disparar indiscriminadamente en esa ciudad con esa tarea a cuestas.

Colores vivos empezaron a desbordar mis ojos, herrerías forjadas en un inconfundible barroco mexicano combinadas con maderas laboriosamente talladas en formas de flores y querubines decoran portones y ventanales, capiteles y balaustradas esculpidas en piedras de diferentes tonalidades y rugosidades protegen balcones y azoteas, cantera y aplanados calizos revisten las fachadas de las joyas arquitectónicas con las que me iba encontrando por esas calles a veces empedradas, en otros tramos cubiertas por adoquín.

Ese cliché de lo que es parte del atractivo turístico de nuestro país en el extranjero, su colorido y arquitectura colonial, estallaba ante mi sin fin, cómo no disparar enloquecidamente. La gente es amable, voy recibiendo mudos saludos con una inclinación de cabeza y percibo sonrisas discretas al mismo tiempo y aunque el colorido, la decoración y los comercios le dan un toque festivo, no se siente la estridencia de un carnaval, simplemente te alegran el alma. Esta es una de las maravillas por las que amo México, es algo de lo que me hace reflexionar sobre mi identidad, es una de las razones por las que soy fotógrafo.

Así transcurriría el día, recorriendo las calles de Morelos, Matamoros, 5 de Mayo, Reforma. Allende, Bravo, Quintana Roo. Un par de cuadras antes de llegar al obligado Templo de Santo Domingo me dedico a hurgar con mi lente un espacio peatonal con artesanos ofreciendo sus mercancías. Alebrijes, huipiles y barro negro, diversos textiles de un colorido interminable, objetos de palma y vara. Me atrapa una mujer de tez obscura, las líneas de su rostro son como un mapa mental que narra la historia de Oaxaca, del país entero.

Sus manos entremeten y sacan hilos de diversos colores en ese entramado que va apareciendo frente a ella, su telar de cintura, le muestro la cámara sin darle mayor explicación y sin pedirla accede a mi petición, prácticamente me acuesto en el estrecho espacio justo frente a ella y la pared y en el visor de mi cámara encuadro esas manos que pareciera que le platican un cuento a un espectador sordomudo. Hago varias tomas de ellas, de su rostro mientras trato de leer en él millones de historias, fotos de la escena completa. Le agradezco, me sonríe y me marcho. Un momento fugaz que nunca olvidaré.

Aún poseído por ese instante cruzo una fila de árboles y me encuentro con otra serie de fachadas de un colorido que me sacan de aquel otro embrujo y me llenan la piel y el cuerpo de una pasmosa alegría, y como si estuviera en una danza primitiva con mi cámara voy tomando fotos hacia el norte y hacia el sur de aquel espectáculo, totalmente cautivado no caigo en cuenta de que estoy a mitad del arroyo deteniendo el tráfico hasta que siento la presencia de Fer a mis espaldas. Sin cruzar palabra entiendo que me indica que siga con los tiros mientras el me custodia.

La tarde cayó muy rápido y con ella la luz se hizo mas débil, caminé por Allende y Constitución hacia Reforma en donde giré a la derecha rumbo al hotel y en el camino, aún con ese cielo encendido de un azul profundo, hice un par de tomas de una fachada todavía con cicatrices del reciente conflicto. Ordené no recuerdo qué al room service y ya en mi habitación me dispuse a instalar la iMac de 21” que Fer me proporcionó para que me dedicara a descargar las fotos de mis tarjetas de memoria y empezara a editarlas. Entre mi complejo de workaholic y la prisa que me corría por revisar aquel material de ese primer día en la tierra del mezcal, las tlayudas, los chapulines y el barro negro, me dispuse a trabajar hasta que ese día había dejado der ser 3 de marzo, un par de horas antes.

Mientras decidía qué ordenar para el desayuno, un chocolate con agua nos aclaraba la garganta a Fernando y a mi mientras platicábamos sobre las tareas del día. Iniciaríamos con una sesión de video y foto simultáneamente, de la sinfónica local que interpretaría el Huapango de Moncayo en lo que vendría siendo el atrio de la catedral. Al terminar nos concentraríamos en las oficinas del gobierno local para hacer unas tomas de gente trabajando y mas tarde me trasladaría a la Casa del Artesano en donde me encargaría de retratar algunos creadores de alebrijes y un par de joyeros de plata y oro.

El sacristán de la catedral nos permitiría subir a mi colega de video y a mi, a la azotea del templo para poder tirar unas tomas desde esa altura, la vista que tuve desde ese punto privilegiado poca gente la podemos platicar, hice las tomas encargadas y seguí con las que mi alma dictaba. Santo Domingo desde ese punto de vista es majestuoso, otra de las ventajas de este oficio. Al bajar hice una serie de fotos de las sillas dispuestas con los atriles, las partituras y algunos instrumentos que quedaban solos mientras los músicos se tomaban un descanso. El día transcurría conforme al plan original y sin embargo pude darme una escapada al mercado a probar unas tlayudas, unos chapulines y un buen mole negro que hasta la fecha sigo extrañando.

El tercer y último día iríamos a un par de talleres en donde se elaboran artesanías con barro negro, tomé fotos de Don Vicente amasando su material de trabajo y luego creando en su torno, visitamos el famoso árbol del tule en nuestro camino al convento de Santa María Tlacochahuaya, en donde se conservan en excelente estado los frescos originales con los que fue decorado pero esa, esa ya es otra historia. Regresamos al DF esa noche y yo entregué el material editado unos días después. A las dos semanas arrancaría la campaña que inexplicablemente duró muy poco tiempo al aire. A los dos meses la APPO saldría una vez mas a las calles de Oaxaca.

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