Empieza el calor -Chester Himes-

Imagen 1

 

Tío Santo intenta robar a la hermana Celeste: (Empieza el calor)

Se levantó y abrió el paquete; ajustó la barrena en el taladro. Aferrándolo con la mano derecha, se acercó al catre, cogió la escopeta con la izquierda y entró a la habitación de la Hermana Celeste.

Dejó la escopeta en el suelo, frente a la cómoda, después desenchufó la lámpara de noche y enchufó el taladro.

La cerradura exterior no le ofreció ningún problema. Practicó una serie de agujero alrededor hasta que la faldilla cayó por su propio peso. Después empezó a perforar una superficie de una pulgada en la caja de seguridaa, a la derecha del dial. El acero no cedía como mantequilla; cuando por fin se abrió paso, la punta de diamante estaba casi gastada.

Ahora venía la parte peliaguda. Insertó el tubo de 1/4 de pulgada en el agujero de 3/8 hasta que tocó fondo detrás de la puerta. Más de treinta centímetros quedaron colgando fuera. Los cortó, de manera que sólo sobresaliera una pulgada. Con una hoja de papel, después, hizo un embudo e introdujo el extremo en el tubo de goma.

Fue hasta la cocina, cogió la botella de nitroglicerina y la llevó a la habitación. Con la punta de un imperdible quitó la delgada capa de goma que obturaba el cuello de la botella. Apelando a una precaución infinita, la respiración en suspenso, vació la botella en el embudo con un chorro medido y constante. Cuando acabó, dejó la botella en el suelo y soltó la respiración en un largo y profundo suspiro.

Empezaba a sentirse alegre. Lo había hecho. Quitó el embudo y ajustó la mecha al tubo de goma. Se puso a reunir el taladro, la barrena y la botella vacía, pero de pronto pensó: ¿para qué diablos?

Recogió la escopeta y se dispuso a encender un fósforo. Escuchó a alguien en la puerta del fondo. Adelantó la escopeta, retrajo el martillo de ambos cañones y entró a la cocina. Pero era sólo la cabra que intentaba meterse nuevamente. En un súbito acceso de ira, agarró la escopeta por los cañones y se preparó a golpearle la cabeza. Pero se le ocurrió una idea.

—Si quieres entrar, entra —murmuró, abriendo la puerta.

La cabra lo miró con agradecimiento, entró lentamente y miró alrededor como si jamás hubiese estado allí.

Mientras retornaba a la habitación y encendía el fósforo soltó una risa maliciosa. Llena de curiosidad, la cabra lo siguió y estaba inclinando el cuello para espiar por entre las piernas cuando él encendió la mecha. El no se dio cuenta de que la cabra lo había seguido. En el preciso momento en que la mecha comenzó a arder, giró sobre sus talones y se echó a correr. La cabra pensó que iba a por ella y también se dio vuelta y emprendió la carrera. Pero se equivocó de dirección y él no lo vio hasta que fue demasiado tarde. Tropezó con ella y cayó al suelo de bruces.

— ¡Cuidado, cabra! —gritó al caer.

Había olvidado bajar los martillos de la escopeta, que sostenía con la culata hacia adelante desde su intento de partirle la cabeza.

La culata dio contra el piso y los dos cañones se dispararon. La pesada carga de perdigones hizo impacto en la caja de seguridad, dentro de la cual había media pinta de nitroglicerina.

Por alguna extraña razón la casa se desintegró nada más que en tres direcciones. El frente se expandió a lo ancho de la calle, yendo elementos tales como cama, mesas, cómodas y una jofaina de esmalte semipintada, a estrellarse contra la fachada de la casa vecina. Las ropas de la Hermana Celeste, algunas de las cuales databan de los años veinte, se esparcieron sobre la calzada como un fantástico cubrecama multicolor. El fondo de la casa, junto al horno, el refrigerador, la mesa y las sillas, el catre y la caja de seguridad de Tío Santo, los cacharros y los cubiertos, pasaron por encima del cerco y fueron a parar al descampado. Después de aquello, los vagabundos que acampaban en el lugar pudieron preparar sus guisos con un inusitado despliegue de lujo. El garaje de hierro corrugado fue lanzado, intacto, a treinta metros de distancia, dejando al Lincoln desnudo bajo el sol. En tanto que la parte superior de la casa, incluido el altillo con su piano vertical, el trono de la Hermana Celeste y el baúl de los recuerdos, salieron disparados hacia el cielo, y aún mucho tiempo después de la explosión pudo seguir oyéndose que el piano muerto sonaba por sí mismo en alguna parte.

La puerta exterior de la caja de seguridad voló en la misma dirección que el horno de la cocina. La interna fue perforada como una bolsa de papel por un puñetazo y su cerradura salió despedida. Jirones de billetes de cien dólares flotaban en el aire como hojas verdes abandonadas a un huracán. Algunas horas después, aquel mismo día, aún había vecinos recogiéndolos hasta a diez manzanas de allí, y hubo quien pasó todo el invierno intentando unir los pedazos.

Pero la planta de la casa resultó intacta. Había sido despojada de todo desperdicio, todo alfiler o aguja, toda partícula de polvo; pero la lisa superficie de madera y linóleo no sufrió daño alguno.

Fue difícil determinar con posterioridad en qué dirección salieron impelidos Tío Santo y la cabra, pero cualquiera fuese ésta el hecho es que volaron juntos, dado que los dos auxiliares de la oficina de exámenes médicos del condado de Bronx no pudieron distinguir los trozos de carne de cabra de los de carne de Tío Santo, trozos que constituían todo el residuo de ambos sobre el que se pudiera trabajar.

El problema consistió en que Tío Santo nunca había volado una caja de seguridad antes de aquélla. Una quinta parte de la nitroglicerina empleada hubiera bastado, evitándose así que la caja se llevara con ella al violador y a la casa entera.

El detective asesina a Sam el Gordo (Corre, hombre):

Luego le daré en la boca, le romperé la mandíbula y le patearé los ojos… —Sam el Gordo contemplaba lleno de terror las exhibiciones de aquel loco— …y luego le patearé los cojones hasta dejarlo tieso como a un perro. —Hablaba con los dientes apretados mientras daba saltos. Un leve hilo de saliva se había acumulado en las comisuras de la boca.

Sam el Gordo nunca había visto a un blanco enloquecer de aquella forma. Nunca se había percatado de que la presencia de un negro pudiera volver majara a un blanco. Nunca lo hubiera creído. Por un momento había creído que todo aquello iba a suceder. Pero en aquellos momentos se desmoronó ante aquella violencia porque estaba aterrado como si estuviera ante el mismísimo diablo, en el que nunca había creído.

—Y luego dispararé al muy hijo de puta hasta que se le salgan las tripas —rugió el detective con voz que amenazaba muerte.

Uno tras otro, sonaron tres disparos seguidos como bufidos de motor frío.
Los ojos de Sam el Gordo se agrandaron de sorpresa.

—Ha disparado —dijo con voz llena de incredulidad.

Los pollos fueron cayendo uno por uno de sus dedos rígidos.

El detective bajó los ojos y contempló la pistola que tenía en la mano. Una finísima hebra de humo brotaba del silenciador y un olor a cordita comenzó a sentirse en aquella estancia helada.

—¡Jesucristo! —susurró con horror.

Sam el Gordo se sujetó a las asas de la pila de bandejas para no caer. Podía sentir en sus intestinos los cuerpos punzantes que le taladraban.

—¡Santo cielo! —susurró.

Cayó hacia delante, arrastrando consigo las bandejas de la estancia. Sobre su cabeza rizada cayó salsa de pavo hecha tres días atrás, espesa y helada, y él se dobló como un feto entre una lata de veinticinco litros de salsa picante y tres cajas de madera con lechugas congeladas.

—Por Dios, tenga compasión —se quejó con voz que apenas podía oírse—. Llame una ambulancia, jefe, me ha disparado usted porque sí.

—Demasiado tarde —dijo el detective con voz repentinamente sobria y fría como una piedra.

—No es demasiado tarde —suplicó Sam el Gordo en un susurro desmayado—. Déme una oportunidad.

—Ha sido un accidente —dijo el detective—. Pero nadie lo creería.

—Yo lo creo —dijo Sam el Gordo como si aquélla fuera su última oportunidad, pero su voz no contuvo ningún sonido.

El detective volvió a alzar la pistola, apuntó a la cabeza cubierta de salsa y apretó el gatillo.

Al gruñir el arma, el cuerpo de Sam el Gordo sufrió una ligera convulsión y se relajó.

El detective se dobló de pronto sobre sí mismo y vomitó en el suelo.

El detective seduce a la novia del perseguido (Corre, hombre):

El hombre se le acercó y le acarició los hombros con lentitud y dulzura. Podía sentir su carne vibrante bajo el fino quimono.

—No debería haberse peleado con él —dijo.

—¡Él se peleó conmigo! ¡Dios mío! —dijo, sollozando—. Ni siquiera pude decir una palabra.

—Tendría que habérselo imaginado desde el principio —dijo él, sin dejar de acariciarle los hombros—. No debería alterarse.

—¡Que no debería alterarme! No todos los días la deja a una el novio.

El pesado revólver con silenciador de su trinchera golpeaba suavemente contra el brazo del sillón mientras él proseguía sus caricias. Sentía que se le electrizaba la palma de la mano.

—Volverá —dijo—. No tiene otro lugar adonde ir.

Aquella idea intensificó el llanto de la muchacha.

El hombre sintió que se le debilitaban las piernas de tanto estar de pie, y empezó a sentirse incómodo en aquella estancia cerrada y caldeada. Buscó un sitio donde sentarse, pero el abrigo de pieles de la joven parecía ocupar el único asiento disponible. Vio la otomana raída junto a la mesita del televisor y la acercó para tomar asiento. Se quitó el sombrero, se sentó frente a ella, le cogió la mano izquierda y comenzó a acariciársela con lentitud y suavidad desde la punta de los dedos hasta la muñeca.

Ella bajó la vista, vio sus muslos descubiertos y se cerró el quimono.

—¿Consiguió que se lo dijera todo? —preguntó el hombre.

—¿Decir? ¡Pues no dijo poco ni nada! —exclamó la chica estallando en otra risa histérica.

—No se preocupe por eso ahora —dijo él, alargando las caricias desde la punta de los dedos hasta el antebrazo desnudo y el codo—. No piense en ello ahora. Ya encontraremos la manera de salvarle.

La chica advirtió entonces la mano que le acariciaba con dulzura el brazo desnudo. Sintió pinchazos en el cuerpo, como ligeras descargas eléctricas. Se secó las mejillas con la derecha e intentó dominar sus convulsiones. Pero su cuerpo seguía agitándose como cuando ponía todo su instinto sexual en una canción.

—Si fuera un hombre más apasionado —se quejó ella, temblándole un poco la voz todavía.

—Usted es una muchacha apasionada —dijo él, con voz intensa y baja, comenzando a acariciarle el brazo y el hombro—. Es usted demasiado apasionada para un hombre normal.

Se había acercado tanto a ella que la joven podía olerle el pelo húmedo. Su mano libre le tocó sin querer y su cuerpo se sintió recorrido por un escalofrío.
De pronto, la mano del hombre se cerró en torno de su pecho.

La joven se estremeció espasmódicamente.

Los labios del hombre se cerraron sobre los de la muchacha en un beso ardiente y feroz.
Cerró ella los brazos en torno del hombre y apretó el pecho contra él. Notó que la habitación se sumergía en un creciente torrente de deseo.

Asesinato en Todos muertos:

Un sobrio Cadillac negro estaba aparcado en la calle 134, a pocas puertas de la funeraria de Clay, junto a la acera opuesta. Por su sombría apariencia, bien se le podía tomar como un coche fúnebre.

El motor funcionaba a régimen mínimo de revoluciones y no se le oía. La calefacción funcionaba también, las luces estaban apagadas. Las escobillas barrían el parabrisas.

George Drake estaba sentado al volante, y se limpiaba las uñas con un diminuto cortaplumas de mango de oro. Era un nombre de color, de aspecto común, de edad indefinida. Hasta su cara ropa oscura parecía ordinaria en él. Lo único notable en sus facciones eran sus ojos, que apenas parpadeaban. No parecía aburrido ni impaciente; tampoco tenía aspecto de persona paciente. Al verle, cualquiera hubiese pensado que esperar a al¬guien era su tarea habitual.

Big Six estaba sentado junto a Drake, limpiándose los dientes con un viejo palillo de hueso. Su espalda parecía gigantesca dentro del abrigo colorido, ajustado a la cintura con un ancho cinturón. El sombrero negro, de alas anchas, le cubría los ojos. Su cara picada de viruelas era descomunal. Entre los dientes amarillos se advertían espacios vacíos.

Un borracho blanco se tambaleaba entre la nieve que le llegaba a los tobillos. Su sombrero de fieltro oscuro, abollado y sin forma se apoyaba sin firmeza en la parte trasera de su cráneo. El pelo liso, abundante y grueso estaba echado hacia atrás y descubría una frente tan amplia como la del Eslabón Perdido. La cara blancoazulada, con sus cejas espesas, pómulos altos, facciones rústicas y boca ancha de labios delgados, tenía algo de indígena. Un abrigo azul oscuro, con algunos copos de nieve a un lado, revoloteaba en torno a su cuerpo y, al abrirse, dejaba ver un arrugado traje ordinario de sarga azul, con chaqueta de doble botonadura.

El borracho se detuvo de pronto, abrió sus pantalones y empezó a orinar sobre el parachoques delantero del Cadillac, balanceándose hacia atrás y adelante.

Big Six bajó el cristal de su ventanilla y dijo:

—Sal de ahí, hijo de puta. Deja de mearnos el coche.

El borracho se volvió y le miró con ojos negros, inyectados en sangre.

—Te mearé a ti, negrito —murmuró una voz sureña.

—Ya veremos si te atreves —dijo Big Six, que guardó su palillo de dientes en un bolsillo del abrigo y abrió la puerta del coche.

—Déjale ir —dijo George Drake-. Aquí baja Jackson.

—Le voy a aplastar, nada más —anunció Big Six—. No me llevará ni un segundo.

En el espejo del lado derecho, George vio a dos hombres de color que caminaban junto a la casa frente a la cual él estaba aparcado. Llevaban viejas maletas Gladstone y parecían obreros de camino hacia su trabajo. Ambos comenzaron a cruzar la calzada. La ventanilla trasera del Cadillac estaba cubierta por la nieve, de modo que George les perdió de vista.

—¡Hombre, de prisa! —ordenó en el momento en que Big Six le ponía la mano encima al borracho.

El blanco describió un amplio arco con su mano derecha, que había

mantenido oculta, y sumergió la hoja de un cuchillo de caza en la cabeza de Big Six. La hoja se deslizó por sobre la sien izquierda y recorrió la parte interna del cráneo para emerger por encima de la sien derecha. Big Six quedó sordo, mudo y ciego, pero no inconsciente. Se inclinó hacia adelante y trastabilló sin rumbo fijo, como un viejo ciego.

—¡Maldicióooon! —gritó George Drake mientras abría la puerta del coche con la mano izquierda y con la derecha buscaba su pistola, por debajo de la chaqueta.

Ya tenía el pie izquierdo en la calzada, enterrado en la nieve, y su mano izquierda se aferraba al borde de la puerta para mantener el equilibrio, cuando un lazo corredizo cayó sobre su cabeza y se sintió arrojado hacia atrás. Una rodilla le golpeó la espalda y sintió un dolor que le hizo pensar que su columna vertebral estaba rota; luego se le cayó el sombrero. Una porra golpeó por encima de su oreja izquierda, luces multicolores estallaron dentro de su cabeza y perdió el sentido.

—Ponió atrás —ordenó el hombre blanco, desde el otro lado del coche—. Las demás cosas mételas dentro del maletero.

El hombre volvió la cabeza, echó una última mirada a Big Six y se olvidó de él.

Big Six caminaba lentamente por la acera, calle abajo, arrastrando sus pies entre la nieve. La herida casi no sangraba; un hilo de sangre le recorría la mejilla desde el lugar por donde sobresalía la punta de cuchillo. Sus ojos estaban abiertos; aún tenía el sombrero sobre la cabeza. A no ser por el mango de asta del cuchillo y los cinco centímetros de hoja que asomaban al lado opuesto de su cráneo, se le hubiera tomado por un borracho cualquiera. En silencio, Big Six clamaba por la ayuda de George.

El hombre blanco se sentó en la parte trasera del coche y recogió un extremo del lazo. Uno de los hombres de color se sentó al volante; el otro estaba atrás, guardando las maletas Gladstone en el maletero.

Un coche fúnebre negro y reluciente salía con lentitud del garaje de la funeraria. El conductor enderezó la dirección y acercó el vehículo a la acera. Un hombre negro y gordo, que llevaba un uniforme de chófer de tela oscura, descendió para ir a cerrar la puerta del garaje. Luego echó una mirada al Cadillac aparcado al otro lado de la calle.

—Haz centellear las luces —ordenó el hombre blanco desde el asiento trasero.

El conductor encendió las luces largas durante un instante.

Jackson agitó su mano derecha y se introdujo en el coche fúnebre.

La nieve no había bloqueado aún las calles secundarias y el coche fúnebre avanzó con lentitud hasta la Séptima Avenida. El Cadillac le seguía a media manzana de distancia, con las luces de posición encendidas.

El blanco había hecho girar el cuerpo de George Drake sobre el piso; apoyó entonces un pie entre los omóplatos del negro y luego otro sobre la nuca y tiró del lazo tanto como le fue posible. Lo mantuvo así mientras el Cadillac bajaba por la Séptima Avenida, ya limpia de nieve, y giraba por la calle 125.

Cuadrillas de obreros negros, deseosos de ganarse unos dólares en el día de descanso, paleaban las montañas de nieve y las cargaban en los camiones del municipio.

Los coches recorrían nuevamente las calles despejadas y borrachos alegres y decididos se encaminaban hacia los bares. Algunos vagos arroja¬ban puñados de nieve blanda a sus amiguitas, que corrían entre chillidos de regocijo. Un camión de correos se detenía junto a cada buzón para recoger la correspondencia.
Big Six seguía arrastrándose con paso tardo hacia la Séptima Avenida con el cuchillo atravesado en su cráneo. Pasó junto a una joven pareja. La mujer jadeó y se puso pálida.

—Es una broma —le explicó el hombre con aire de conocedor—. Esas cosas se compran en las tiendas de juguetes. Equipos para magos. Te pegas uno a cada lado de la cabeza.

La mujer se estremeció.

—Pues no tiene gracia —dijo—. Un hombre mayor como ése jugando con esas cosas de cuchillos.

En su camino, Big Six pasó junto a una mujer con dos niños, que iban de camino hacia un cine, para ver una película de terror. Los niños chillaron. La mujer se sentía indignada.

—Tendría que sentirse avergonzado de sí mismo. ¡Asustar así a los niños! —acusó.

Big Six seguía a paso lento, ajeno al mundo exterior. En silencio, la parte racional de su mente iba diciendo: «¡ George! George, ese hijo de puta me ha jodido.»
Comenzó a atravesar la Séptima Avenida. La nieve se había amontonado sobre el borde de la acera, y sus pies se hundieron en ella. Tropezó, pero pudo evitar la caída. Se metió en uno de los carriles, en medio del tráfico. Cruzó frente a un coche que había tomado velocidad. Rechinaron los frenos.

—¡Borracho idiota! —gritó el conductor. Luego vio el cuchillo que sobresalía de las sienes de Big Six.

El hombre descendió del coche de un brinco, corrió hacia Big Six y le tomó del brazo con suavidad.

—Dios del santo cielo —murmuró.

Era un médico de color, joven, que hacía su período de internado en un hospital de Brooklyn. Había visto un caso similar un año atrás. También aquella víctima había sido un hombre de color. El único modo de salvarle era dejar el cuchillo donde estaba.

Una mujer comenzó a descender del coche.

—Dick, ¿puedo ayudarte? —La joven sólo había visto el mango del cuchillo. No había visto la parte de la hoja que asomaba al otro lado.

—No, no, no te acerques —le ordenó — . Ve hasta el bar más cercano y llama una ambulancia… será mejor que vuelvas con el coche hasta el bar de Small. Haz un giro en U.

Mientras la mujer se alejaba, otro coche con dos hombres se detuvo.

—Sí, ayúdeme a acostar a este hombre en la acera. Tiene un cuchillo atravesado en el cráneo.

— ¡Jesús crucificado! —exclamó el segundo ocupante del coche, antes de abrir la puerta de su lado y descender—. Cada día piensan alguna nueva manera.

 

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